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Arboretum en Valdivia - Bichito viajero
Chile,  Destinos

Cómo me perdí en el Arboretum (y logré salir victoriosa)

Estuve dos semanas en Valdivia. La primera con mi hermana menor, la segunda sola. La razón principal de mi viaje fue asistir a la conferencia de trabajo remoto de 9punto5, así que durante dos días mi hermana paseó sola por la ciudad mientras yo absorbía cada aprendizaje entre charlas, buena conversación y obvio, cervezas.

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Llegué en la noche a nuestro Airbnb y mi hermana me contó que fue al Arboretum. «Casi me pierdo en los senderos, pero regresé a tiempo», dijo entre risas. Claramente pensé que era una broma y no la realidad. De haber tomado más en serio sus palabras el final hubiese sido diferente.

Las primeras horas

Pasaron los días y mi hermana regresó a Santiago. Uno de mis días en solitario vi que se avecinaba un sol radiante y me dije a mi misma «Ok, ese día iré al famoso Arboretum». Para quienes no lo conocen, es un centro de conservación, educación e investigación de especies arbóreas perteneciente a la Universidad Austral de Chile. Cuenta con una gran variedad de coníferas y latifoliadas exóticas, bambusaceas y especies leñosas amenazadas.

La ida fue sencilla. Caminas hasta el Parque Saval, en Isla Teja, y justo antes de llegar al puente Cau Cau —sí, el que dio la vuelta al mundo porque lo construyeron como el forro— hay un camino de tierra. Media dudosa, porque no salía ningún cartel de nada, le pregunté a unas chiquillas si estaba en la ruta correcta. «Sí, camina derechito por la tierra y a la izquierda verás la entrada al Arboretum». Ok, primer logro desbloqueado. Unos 15 minutos después encontré el cartel que anunciaba la entrada. Rayé con las vistas al humedal y estuve una media hora tomando fotos y observando en silencio. Amo eso de sentirme tan pequeña ante tanta naturaleza.

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¿Cómo no enamorarse de estas vistas antes de partir el recorrido?

Cerca de las 15:30 horas inicié el camino al Arboretum. Me topé con un perro muy amistoso que me acompañó un par de kilómetros hasta que vi que desaparecía entre medio de los árboles. Nadie más estaba a mi alrededor. Cautivada por los tonos verdosos, los arrayanes y su tronco anaranjado y el sonido de las aves, seguí caminando por el sendero de tierra. Cada cierto tiempo paraba a tomar fotos. En eso, noté que tenía señal en mi celular y me dieron ganas de hacer una transmisión en vivo por Instagram. Necesitaba compartir lo que estaba viendo con alguien más. Como “agarré papa” —me entusiasmé para quienes no son chilenos— fui mostrando el lugar y avanzando sin rumbo. Primer error.

Luego de unos 30 minutos corté la transmisión y noté que no tenía ni idea en qué parte estaba. Seguía calmada. «Obvio que debo retroceder por el mismo sendero y listo», pensé ilusamente. Segundo error. No me di cuenta de que no había un sendero, sino que tres. Escogí uno y después de unos minutos noté que no era el correcto porque ningún paisaje se me hacía familiar. Ya eran más de las 17:00 horas. «Me queda una hora y media de luz», medité.

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Verde y más verde encontrarás en el Arboretum.

Perdida en el Arboretum

Seguía buscando el camino correcto, con Google Maps en mano, pero literalmente estaba en la nada. Estaba empezando a urgirme pero no dejé que el pánico me ganara. Si eso pasaba, me iba a bloquear.

En eso escucho un perro ladrando, vuelvo a ver el mapa y me doy cuenta que estaba al otro lado de la entrada del Arboretum, muy cerca de una calle que el día anterior había recorrido. El tema es que no podía salir a la calle porque entre medio tenía casas. Y bueno, allanar la propiedad privada de alguien no es mi hobbie. Encontré al perro y vi a un adolescente dentro de la casa, empecé a hacerle señas hasta que me vio. «Hola, emmm, estoy perdida y no sé cómo salir de acá», le dije directamente. Me explicó el camino pero después de andar una hora buscando la salida tenía CERO ánimos de volver al bosque. Le dije eso y me ofreció pasar por su patio hasta la calle. El “pero” era que el famoso perro no dejaba de ladrarme y mostrarme sus dientes, así que le agradecí pero no me iba a arriesgar a salir con una mordida incluida.

Seguí caminando y vi a dos señores conversando en un rincón del bosque. Pasé como si aquí no hubiese ocurrido nada —aunque ya tenía un poco de miedo— pero uno de los tipos no encontró nada mejor que hablarme y decirme que una jovencita no tenía que andar sola por el bosque porque «podía salir un león por ahí». En mi normalidad lo hubiese agarrado a garabatos por viejo verde pero, como estaba en desventaja, sólo atiné a decir: «No se preocupe, no le tengo miedo ni a los leones ni a los pumas ni a nada». No sé por qué dije pumas, pero en mi cerebro tenía más sentido porque leones en Chile es imposible. Salvo los pobres que están encarcelados en los zoológicos. Qué rabia que aún tengamos que sentir miedo de que nos violen o hagan algo sólo por ser mujeres.

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Antes de perderme en el bosque tomé estas fotos. Amo la naturaleza.

¡Logré salir!

Seguí bordeando las casas para ver cómo salir de ahí. Vi mi celular y ya eran las 17:30 horas. «Cresta, ¿por qué me pasan estas cosas a mí?», pensé. Vi un terreno baldío y, cual intrusa, me metí. Veía la calle a pocos centímetros de mí pero no podía saltar la reja que superaba con creces mi altura. Ya estaba entrando en pánico, aunque tratara de mantener la calma. Alguien tenía que llegar a su casa en algún momento, analicé. En esa conversación con mi yo interno, escuché voces de una mujer y un hombre. «Ok, ahora o nunca», me dije.

Salí rápidamente del terreno y me acerqué a la pareja. Le expliqué que estaba perdida y que necesitaba salir. Para mi mala suerte, no tenían la llave del portón que daba hacia el Arboretum. La mujer agrega: «¿Pero, y si usamos esa escalera?». La apuntó y ágilmente el señor la tomó para ponerla sobre la pared que nos dividía. No sé cómo, pero a los segundos yo figuraba arriba de la pandereta subiendo para alcanzar la escalera que estaba al otro lado. Misión cumplida. Apenas puse un pie en el suelo solté unas lágrimas de angustia y agradecimiento por ayudarme. La hospitalidad de los valdivianos es real. Te ayudan sin esperar nada a cambio.

Ya estaba en la calle de los pintores. La misma que días anteriores había recorrido en un paseo sin rumbo. La diferencia es que ahora sí tenía rumbo: iba libremente a seguir mi aventura por Valdivia. Y dejando atrás el sendero interminable del Arboretum.

Moraleja: si andan viajando solos, no se metan en senderos que después no sabrán reconocer. Lección aprendida para mi y una anécdota más en mi bitácora viajera.

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Aquí les hice un mapa de la vuelta que di. Literal, salí al otro lado de la entrada. Ups.

Información práctica

Si tienen ganas de vivir esta experiencia adrenalínica —o no pasar lo mismo que yo pero sí disfrutar los hermosos paisajes del Arboretum— les dejo la información necesaria para que puedan visitarlo.

¿Cómo llegar? Caminas hasta el Parque Saval, y justo después verás el camino de tierra que lleva al Arboretum. Está un poco antes de llegar al puente Cau Cau.

¿Horario? El horario de visita es de lunes a viernes, de 09:00 a 19:00 horas y sábado, de 09:00 a 13:00 horas.

¿Valor? La entrada es gratuita.

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Sí o sí, les recomiendo visitar el Arboretum. Vale totalmente la pena.

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